
Se fue quizás a uno de sus no-lugares, lo imagino como Ransom sentado en el borde de una piscina vacía, en medio de una ciudad “donde no quedaba nada en pie, excepto las bases de las chimeneas”. Junto a Phillip K Dick y Theodore Sturgeon, integra mi tríada de la distopías, a los que la etiqueta Ciencia Ficción hace rato les quedó chica.
Caminando por esos paisajes de escombros que deja la catástrofe medioambiental, llevando al límite el maridaje entre sexo y tecnología, perdido en los infiernos cotidianos y actuales, J.G. Ballard nos acercó al nietzcheano “el desierto avanza”. Ciclo apocalíptico que comienza con la publicación de El Viento de Ninguna Parte (1962), continuando con El Mundo Sumergido (1962), La Sequía (1965), El Mundo de Cristal (1966) y Crash (1973), en los que sucesivamente nos adentramos en inundaciones por casquetes polares derretidos, bosques africanos cristalizados y la falta de agua resecando el pellejo del decorado post-industrial. Y en ese espacio interior como nuevo territorio a explorar donde sus personajes se pierden, inversión que se torna la única manera de afrontar el mundo hostil que nos rodea al considerarlo mera ficción. Fundación que David Pringle sintetizó en los "cuatro elementos" ballardianos: el agua (el pasado), la arena (el futuro), el cemento (el presente) y el cristal (la eternidad).
En Crash el lugar elegido para narrar la hecatombe de una época, es la autopista, la violencia desatada por los accidentes automovilísticos y un nuevo erotismo que se configura a través de las heridas, las desfiguraciones, las cicatrices. Cruce del cuerpo con palancas de cambio, tableros, volantes, escenarios de vinilo por donde se escurre la sangre, el semen, los fluidos vaginales a más de 150 kilómetros por hora. Y que calza en aquella imagen de Lautreámont: "bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección".
Ballard se vinculó a los movimientos vanguardistas de los sesenta. Era admirador de pintores surrealistas como Dalí, Magritte, De Chirico y Delvaux. No vaciló en acercarse a la pornografía en su etapa más experimental, como en el inclasificable libro La exhibición de atrocidades (1970) y en algunos pasajes de Crash. David Cronenberg abrió un debate sobre los límites de la censura y la obscenidad cuando la adaptó al cine en 1996. La película estuvo a punto de no poder ser estrenada en Inglaterra.
No casualmente es Cronenberg el director que decide filmar esta perturbadora novela, quienes conocen sus películas saben que es un deudor del cuerpo sin órganos artaudiano y también un obsesivo de las mutaciones y los perversos cruces entre cuerpos y tecnología,
aquello que llamó "la nueva carne"
Pero mejor leer lo que el propio Ballard expuso en el prólogo de Crash: “entiendo que el papel, la autoridad y la libertad del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada- No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en un laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocido. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.
Crash es un libro de este tipo, una metáfora extrema para una situación extrema, un conjunto de medidas desesperadas a las que sólo se recurrirá en caso de emergencia. ..” “¿La tecnología moderna llegará a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que explotemos nuestra propia psicopatología?¿Estas nuevas fijaciones de nuestra perversidad innata podrán ser de algún modo benéficas? ¿No estamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón?"
Me detengo en estas preguntas, mientras pienso que un día antes de su muerte veía por enésima vez Blade Runner, me sumergía en un oscuro imaginario con anuncios gigantescos de bebidas gaseosas , bicicletas por calles húmedas y llenas de basura y voces orientales clamando por otro cielo y oportunidad posibles. Me quedo con esa irónica imagen del ruinoso y recargado Edificio Bradbury donde transcurre una de las escenas más bellas que recuerde entre un androide y un humano y me digo que Ballard jamás tendrá esa pesadez de lo obsoleto. El caminará como Ransom, como tantos, por la arena “ como si al fin hubiera completado su viaje entrando al paisaje interior que había llevado en la mente durante tantos años”
Lilián Cámera
Textos citados de La Sequía (1962) y Crash (1973) (Prólogo de J.G. Ballard)
Ediciones Minotauro