
¿Qué dice (y qué calla) una voz en el límite de la vida? Si de fronteras se trata, el cineasta ruso Alexander Sokurov explora la más radical: bordea la muerte durante cinco horas y media. Tiempo de agonía de una madre, que solamente la música puede traducir: Mozart, Beethoven, Messiaen. La película se abre con este sonido, mientras la cámara fija respira en el paisaje los matices de la luz.
Pero éste es también el tiempo que Sokurov se toma para filmar, en un puesto de la frontera entre Tadjikistán y Afganistán, a los soldados expuestos a la guerra. En forma de diario personal, la voz en off va relatando sus impresiones, mientras la cámara testifica la aridez del color, las moscas, el viento inhóspito. Entre las comidas, los diálogos imprecisos y las risas, el abrazo fraternal y los juegos casi infantiles de los soldados, la vida toma su sesgo más grave. En primer plano, los ojos desesperados intuyen la atrocidad. Mimetizados con la montaña, un saber se va desplegando en los jóvenes rostros: en esa frontera se mata o se muere. La mirada se ensombrece de miedo ante el peligro y de angustia al pasar a la acción. El enemigo está en la otra orilla del río, próximo y lejano, sin un rostro que pueda reconocerse. Las balas cruzan el aire hambrientas de destino.
En ese momento algo nos invade: el cuerpo sucio y lastimado, las heridas invalidantes: un soldado caído se niega a abandonar la pantalla. La imagen se repite, para que no la olvidemos. Esto es la guerra, señores. Esto es.
31 de diciembre. Brindis por el nuevo año, deseos de paz , o, al menos, de desmovilización.
Los que ya no están ocupan los silencios de esos hombres, cuya tristeza se parece al vacío. El director regresa a Rusia.
Diálogo final con una voz de mujer, que se va apagando. Tan solos y pequeños frente a Dios. Pero en Sokurov, como en Dostoievski, encuentra su lugar la misma pregunta desgarrada: si Dios no existe, ¿ tan desamparados, también...?
Liliana Piñeiro.